Galeria - Instituto de Investigaciones Sociológicas “Mauricio Lefebvre”
MEMORIAS DE DOS PELUQUEROS[1]
Ricardo Alejandro Trujillo Castañeta[2]
La pandemia ha traído grandes cambios a nuestras vidas, algunos buenos, otros malos y algunos terribles. Pero lo que he sufrido no se lo puedo desear ni a mi peor enemigo. Para darse una idea de la magnitud de lo que pasó, debo mencionar que durante toda mi vida, hasta el 2020, solo había confiado en un peluquero, don Elías, una gran persona. Él era un hombre serio, algo renegón, benemérito de la guerrilla de Ñancahuazú, algo que lo llevaba a quejarse de, que desde que entró Evo Morales, ya no los respetaban y ni siquiera los invitaban a los desfiles. Pero lo que más caracterizaba a don Elías es que era bolivarista, y se notaba; las paredes eran celestes, todas sus capas de corte eran celestes y los posters en la pared eran, cómo no, del Bolívar.
Don Elías siempre atendió en una peluquería que estaba ubicada cerca de mi casa, en el Plan 266 de Ciudad Satélite; desde que yo era niño, pasaba por allí y lo saludaba. Iba a hacerme cortar el cabello con cierta frecuencia desde que tengo memoria, hasta, en una ocasión, recuerdo haberme quedado dormido en la silla mientras él me recortaba el cabello. Don Elías siempre hacía charla, sobre todo de fútbol, a menudo interrumpida por otros caballeros que pasaban cerca y lo saludaban; algunos eran estronguistas; otros, bolivaristas; otros solo entraban a hablar y a leer el periódico con la radio Panamericana de fondo. Yo siempre esperaba a que el local esté vacío para no esperar tanto, ya que don Elías era muy perfeccionista y tardaba mucho con cada cliente; tampoco podía salir a jugar al parque cercano, ya que el orden de llegada era muy respetado. El llegar con el cabello sucio era para llevarte un buen regaño y haber esperado en vano.
Las charlas que se escuchaban en esa peluquería pasaban tan rápido de tema en tema que cuando era chico leer los comics de Condorito eran la única opción; pero esto solo cuando era chico. A veces, me acababa todo un volumen del comic. Ya pasando los años, y yo haciéndome más viejo, fui prestando más atención a las conversaciones de los mismos señores quienes también se hacían mayores; escuchaba charlas filosóficas sobre la vida y la muerte, y también religiosas, en las que entraban a debates sobre versículos de la Biblia. Algunas veces, cuando las cosas se ponían serias, don Elías empezaba a contar sus historias de la guerrilla y cómo las había vivido. Llegó a decir alguna vez que si lo llevarán él podría decir dónde yacían algunos cuerpos. También expresaba el miedo que sentía cuando tenía que salir al campo de batalla, nos contó que alguna vez se ocultó para no salir a combate. Pero todo, de una u otra manera, terminaba en fútbol: ya que al parecer la profesión de peluquero te permite conocer todo tipo de personas, siempre se hablaba de los hermanos Castillo (Ramiro e Iván[3]), ya que, como contó, iban a hacerse cortar el cabello a la peluquería de don Elías. Tal vez el mayor aprendizaje sobre fútbol lo adquirí en esa peluquería.
Pero hubo un tiempo muy oscuro en mi vida que se conoce como “Servicio Premilitar”, no digo oscuro por su naturaleza o porque haya sufrido algo dentro del regimiento del Batallón de Escuela Policía Militar número 1 Saavedra, sino porque en la época cuando más necesitaba a un peluquero a mi lado, don Elías se había ido: se trasladó a Cochabamba, cerca de la zona del Chapare. Ir hasta allá no era una opción que pudiera tomar cada semana. Así, cada semana debía buscar a alguien que me ayude a no ser arrestado por tener el cabello fuera de reglamento. Algunas semanas asistía al puesto de una estilista que, a modo de ganarse unos pesos, recortaba premilitares. Para ella, el trabajo consistía en pasar la máquina intentando darle una forma que disimulara ser un corte; aunque alguna vez se equivocó, por lo que no le quedaba otra opción que dejarme la cabeza como una rodilla. Otras veces iba donde don Lucas, un peluquero de confianza para muchos. Pero si se quería un corte con él, cada quien tenía que llevarse una revista o algo para distraerse. Los movimientos de don Lucas eran lentos, como cuando se ve algo en cámara lenta, pero tan lenta que da ansiedad. Al final, me di cuenta de que no fui el único que se durmió esperando y también en pleno corte. A veces iba a donde estaba vacío, no importaba; el único consuelo que me repetía para entrar a una peluquería que no conocía era mi mantra: “vuelve a crecer”. No todos fueron malos, algunos sí eran buenos peluqueros; y yo me había inculcado el pensamiento de que no necesitaba un gran corte, no necesitaba nada especial. Pero lo que más extrañaba, al sentarme en los sillones de distintas peluquerías, eran las conversaciones; que en estas podrían ser las mismas, si es que alguna vez existieron. Prefería solo sentarme y esperar a que me quiten la capa de corte, para luego irme con la gorra puesta.
Ya finalizado el servicio premilitar y yo asistiendo a la universidad me llegó una noticia, tal vez lo mejor que había pasado esos años: don Elías había vuelto, no al mismo lugar, pero cerca; apenas pude fui a su nueva peluquería, estaba dentro de un salón de belleza en un segundo piso. Saludarlo al pasar era imposible y no se podía ir solo a charlar, pero al menos estaba otra vez. Su estancia en ese lugar no duró mucho, consiguió un pequeño salón cerca de allí. Al nuevo local todos sus viejos amigos asistían como en un principio, yo también asistía con regularidad.
Alguna vez le jugaron una que otra broma, sobre todo cuando el Bolívar perdió ocho a cero contra el Santos de Brasil: le colaron carteles en su puerta con la imagen del Chavo del Ocho, pero él se lo tomó con humor. En cambio, el año 2014 fue el mejor año para don Elías y para todos los bolivaristas, tal vez fue el año cuando más pasé por la peluquería para festejar con don Elías cada partido. Los años pasaron y pasaron, don Elías mudó su peluquería a otro lugar, pero retornó después de tres meses; no le gustó el local porque hacía mucho frío. Muchas cosas le pasaron a don Elías, pero en su peluquería siempre encontraba amigos con quienes hablar y distraerse, sobre todo cuando una de sus hijas falleció. Creo que faltó una semana a su peluquería, luego volvió a seguir trabajando, aunque su vista ya se fue desgastando.
Llegado el año 2020, un año trágico por la pandemia y la cuarentena, don Elías desapareció; por su edad, ya se encontraba entre la población en riesgo. Cuando las medidas se flexibilizaron, don Elías volvió a abrir, ya usando lentes por un desgaste de su vista. Yo asistí, ya que mi cabello tocaba mis ojos, pero no iba a sufrir otra vez la búsqueda de un peluquero, peor en cuarentena. Don Elías recibió a todos como siempre, comprando el periódico del día para que sus amigos vayan a leerlo; pero eso sí, las revistas de Condorito seguían siendo las mismas, incluso a algunas le faltaban páginas, pero siempre estaban ahí para releer los chistes que ya había leído por lo menos unas diez veces.
Ya pasado un año de la pandemia, recibí una de las noticias que nunca quise recibir: don Elías se retiraba de la peluquería, se iría a vivir a Cochabamba con una de sus hijas y ya descansaría, sobre todo por sus problemas de vista. Nos dio un mes para que busquemos otra peluquería, él también buscaría un peluquero en el que confiara para recomendarlo. Él no encontró otro peluquero a quien recomendar, tal vez los otros clientes tuvieron mejor suerte, pero yo estaba perdido otra vez. Volví a andar como picaflor de peluquería en peluquería. Los tiempos difíciles de la pandemia tampoco ayudaban; algunos un día estaban en un lugar y a la otra semana ya no. Otra vez a buscar, pero esta vez sin la esperanza de que don Elías retornara. Pensé seriamente en dejar que mi cabello crezca libre y ya solo preocuparme por lavarlo y acompañar a mi madre donde su estilista para mantener un poco la dignidad de un buen corte.
Un día, un tío cuyo peluquero también se había retirado muchos años antes me recomendó a un peluquero; no estaba no tan cerca, pero sí dentro de mi mismo barrio. Asistí. Se parecía un poco a don Elías; tal vez eran contemporáneos, pensaba. Hasta que le pregunté su nombre y, como si viviéramos en una simulación, me respondió “Elías”. Parecía parte de un guion, no solo por el nombre, tenía la misma atención al detalle que aplicaba don Elías en cada corte; si bien las charlas no eran sobre fútbol, también eran amenas, tal vez más políticas o de quejas respecto al barrio. En su peluquería, había un recorte de periódico enmarcado; al acercarme, leí que el titular decía: “Hay todo un mundo bajo el techo del Palacio”. Él me contó que había sido el peluquero del expresidente Hugo Banzer Suárez; pero no se quedó allí, mencionó que había sido el peluquero de cinco presidentes a quienes no recuerdo bien; pero también de varios diplomáticos. Era todo un personaje. Pero, además, conocía a alguien muy importante, a don Elías, el primer don Elías; me contó que en alguna oportunidad debieron trabajar juntos, pero por azares del destino no ocurrió y que alguna vez estuvo por venderle una máquina de cortar cabello, lo que tampoco ocurrió.
Hoy en día solo asisto a la peluquería de don Elías, el nuevo don Elías. Sé que no es lo mismo, las charlas en la misma peluquería ya no existen, solo escucho la radio Fides como música de fondo… Y solo para darse cuenta de que él no es mi viejo don Elías, no sé de qué equipo es el nuevo don Elías; pero tengo muy claro que es adenista. En fin, la única certeza que tengo es que, lastimosamente, sé que algún día volveré a sufrir la tortura de buscar otro peluquero; ese momento aun no llega, pero sé que será otro suplicio para el cual no sé si estoy preparado.
Publicado el 19 de septiembre de 2025
[1] Ensayo final para la materia “Sociología Boliviana I”, Universidad Mayor de San Andrés, gestión 2022-2.
[2] Estudiante de la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, Bolivia. E-mail: ricky.27392@gmail.com
[3] Ramiro e Iván Castillo fueron jugadores profesionales que llegaron a formar parte de la selección boliviana de fútbol y formaron parte de los equipos más importantes del país.
“AY WAWITAY, BAILAREMOS: PISKINA PISKINA”[1]
Edwin Choque Marquez[2]
Qué nube es aquella nube
negreando viene de vuelta
Será el llanto de mi madre
convertida en lluvia viene…
Los Jairas, El llanto de mi madre (1966)
https://youtu.be/BXBdIZl7Ubo?si=edcqKevFG1r2kYb_
Los sonidos y las imágenes rodean nuestro presente y nuestro pasado. Generan representaciones llenas de sentido que nos acompañan toda la vida como parte constitutiva nuestra. El canto o la música son algunos de esos espacios, porque permiten la experiencia de sensaciones diversas que aluden a la memoria; pero también existen sonidos e imágenes en el olvido y el silencio por el esquema colonial instituido que requieren ser recordados; así sucede con la canción en aymara de mi abuela. Escuché su canto y bailé con su voz desde el día que la conocí y en muchas otras ocasiones. Su canto –el de mi abuela– me ha permitido darme respuestas, saber quién soy, buscar mi historia. Mirar atrás me ayudó a ir adelante… Qhipnayra.[3] Cuando empecé a buscar e invocar su imagen para sacudir mi presente, para actualizar mi memoria india y chola (Rivera, 2018b). ¡Así es! ¡Así fue! Las crisis nos permiten reconocer las máscaras blancas que hacen alusión al olvido. La activación de la memoria y la búsqueda del canto de mi abuela fueron significativas para mi vida. En ese interés, reconstruí imágenes y sonidos de mi madre (abuela), los que, al final, son su historia, mi historia. Por esas razones, quiero contar ese recorrido de autoidentificación.
La estructura colonial sobrepone, afirma Fanon (1952/2009), máscaras blancas que todas y todos poseemos, con un uso consciente o inconsciente que está en el colectivo social. Pasaron años para darme cuenta de las máscaras blancas que portaba y para reconocer que las tenía. Yo, de origen cholo, había llegado a ser “profesional” y, por tanto, debía criollizarme de forma consciente e inconsciente hasta llegar a negar mi propio rostro. Vestir formalmente, usar gabardinas, corbata, camisas planchadas y todo ese rollo. La mirada colonial tiene estrategias para ejercer control y presión para el “deber ser y representar” en sociedad. En lo personal, esa expresión formal es lo que fui dejando, pero, por esos años, ingresé a ser docente de pregrado en la UMSA. En las primeras experiencias de ese oficio, fui designado como presidente de mesa de exámenes de grado y estuve con quien años atrás fue mi docente. Una vez sentados, me aplicó una mirada general que lo escanea todo y, con una gestualidad de desagrado, me dijo: “A la otra, un trajecito, pues, una camisita”. Ella siempre andaba bien trajeada, como muchas, pero no veo hasta el día de hoy que eso contribuya al aprendizaje de sus estudiantes. Aquello fue una expresión, como las hubo otras en ese espacio… Eran las caras que ponían las señoras que presumen de gran abolengo y que en las aulas repetían y repiten constantemente conceptos como justicia social, igualdad, derechos a estudiantes; pero todo ello es una farsa, un discurso. Cuando yo era estudiante y emitía el saludo, solía recibir una sonrisita aquí y otra allá, pero en el momento en el que estuve de igual a ellas, de docente a docente, sus cansados y pintados rostros expresaban esos gestos de menosprecio hacia mí por ser yo moreno y joven. Varias veces noté su descontento y habladurías en reuniones, cuando estaba obligado a compartir su sacra mesa, la misma mesa donde tomaban sus cafecitos con sus pancitos entre “amiguis” de la rosca, los martes en la tarde, y se ponían a conversar “elegantemente” sobre las personas (sus colegas y estudiantes). Observando esas situaciones de discursos falsos y de doble moral, entendí aquello a lo que se refería Silvia Rivera (2015/2018a, 2018b) como colonialismo interno y violencias encubiertas. Así que las máscaras blancas o la blanquitud (Bolívar Echeverría, 2010) estaban presentes en la vida cotidiana. Para qué decir más. El tercer año que di docencia sabía que tenía que irme, pues no se puede aprender y mucho menos reflexionar en escenarios así. Me fui para no volver. Ante la exclusión constante desde mi llegada, tomé la decisión y emprendí mi autoexilio, mi búsqueda propia. Enterré ese discurso aparente de los profesionales e iguales.
En esa crisis de visibilidad, como aprendí de Zavaleta (1983/2013), encontré espacios políticos incorrectos para procurar un aprendizaje más autónomo, más propio… Mientras estaba en ese camino, de un momento a otro el recuerdo empezó a germinar en mí y sentí que el canto de mi abuela empezaba a hacer eco en mi vivir. Busqué sus imágenes y la última foto que me quedó. Me di cuenta de que, por estar distraído en cumplimientos sociales y culturales del “deber ser”, la estaba olvidando. Por eso, decidí iniciar un camino junto a su canto y su voz.
Apelar a la memoria es un ir hacia atrás para ir hacia adelante. El primer recuerdo que tengo de ella es algo borroso; recuerdo una voz que me dice: “mamá, dile…”. Me acerco a ella temeroso y veo su piel morena, sus trenzas largas, su chompa tejida de color claro y los pliegues de su pollera. Lo siguiente es su mirada tierna, su sonrisa al verme y sus manos que me alzan hasta pisar sus rodillas. Después, vuelvo a pisar el suelo, y su voz inicia: “Ay, wawita, bailaremos: Piskina piskina…”. Ese fue el inicio. Varias veces bailé al son del canto y ritmo de mi abuela que me hizo reír y alegrar muchas veces. En otras ocasiones, me sentaba en un banquito pequeño frente a ella; mi primo David y yo, la escuchábamos contar las historias de Copacabana –su lugar de origen–: de la ciudad de oro enterrada por el lago Titicaca; de la campana de la iglesia que sonaba cuando bajaba la marea; del encantamiento del sapo y que si te acercas te puedes volver piedra; de los titis (gatos de monte) que llevaban diamantes en su frente y se ocultaban en el lago; de las sirenas que salían y encantaban a los hombres; de la vez que los peruanos querían llevarse a la Virgen de Copacabana... Mi abuela, a quién le decía mamá, repetía con frecuencia sus historias y yo siempre la escuchaba como si fuera la primera vez.
Mi abuela es un ser especial. Un alma irremplazable, como diría el escrito de Barthes (1980/2006) sobre su propia madre. Desde que fuimos a vivir a su casa, empecé a verla y conocerla mejor, a mis siete u ocho años. Con ella no faltaba ese bailecito y una frutita sabrosa que siempre nos obsequiaba. Ella era muy madrugadora, pues iba a los tambos a agarrar su mercadería. Llegaba junto con el apharapita (cargador del mercado) y se ponía a acomodar la fruta para poder venderla. A nadie de la familia le faltó una fruta, un quesito, una paltita o el pancito que con tanto cariño sacaba de su aguayo.
En mi niñez, ella siempre tenía un sentimiento de justicia: mi primo y yo éramos los más pequeños de la familia y ella siempre les aconsejaba a los primos mayores: “No les van a molestar, ellos son pequeños, no son viejos como ustedes”. Todo eso dirigido a mis primos mayores quienes, porque eran más fuertes, se aprovechaban de nosotros. A mi mamá no le gustaba que las personas se aprovecharan de otras, ese era su sentimiento y nunca necesitó de un título profesional o vestirse “mejor” para darse cuenta de que se debe respetar a todos. Su canción siempre fue especial para mí. Me hacía bailar, reír, gozar y después, y después, venía uno de los cuentos. Dos generaciones sentadas, la abuela y su nieto al mismo tiempo. Uno aprendiendo de quien ya conocía mucho de la vida. Y la otra persona cuidando a quien ve que va creciendo. A veces, ella me llevaba y me dejaba faltando unas tres o cuatro cuadras antes de mi escuela, ambos a pie, como siempre. “Vas a ir directo a tu escuela, no vas hacer caso a la gente que no conozcas. No te vas a confiar de todo lo que te digan”, eso me resaltaba. A momentos voy olvidando su voz; sin embargo, su rostro lo tengo bien marcado en la memoria. Así la recuerdo.
Mi abuela nos acompañó hasta febrero del 2008. Después, solo nos quedaron unas cuantas fotos y el silencio. Con los años, se fue su canto. Cuando les pregunto a mis primas sobre la canción, ya no la recuerdan. Tomasa Lopez Apaza se llama hasta ahora, vivió en Copacabana la mayor parte de su vida, hasta que se vino a la ciudad de La Paz por su familia. Quedó viuda y con la responsabilidad de sus dos hijos y tres hijas desde joven. Fue parte de la historia de la urbanización de la ciudad con el trabajo comunitario y vecinal en la zona de Vino Tinto. Su actividad económica de sustento fue el bordado de mantas hasta que bajó la demanda y se dedicó a la venta de frutas en una de las aceras de la conocida Vita, justo al frente del riel, por donde pasaba el tren. Su padre fue Marcelino Lopez, de oficio picapedrero. Según historias de mi abuela, su papá fue quien talló las cruces de piedra que se ven al subir el Calvario de Copacabana. Aunque aún no encontré el nombre grabado de mi bisabuelo en esas cruces, las sigo buscando. Recordar y descubrir estos y otros hechos para mi presente, me dio claridad en la reconstrucción de mis caminos.

Posiblemente, vendedoras de la Asociación de Comerciantes Minoritas Sector Vita-Manco Kápac, donde mi abuela estaba afiliada. Ella aparece con su mandil a cuadros y está con sus manos cruzadas hacia adelante. El momento debe ser una situación especial o necesaria, pues ella rara vez prefería aparecer en una fotografía.
En el recuerdo de mi abuela descubrí que los cantos son sonidos frecuentes en la región andina aymara-quechua y sus rituales: se canta a las wawas, a la lluvia, al viento, a la cosecha, a las montañas, al sol, a la luna, a la Pachamama. Otro hecho es que, al inicio, pensé que el canto de mi abuela a cada una de sus nietas y bisnietas y a cada uno de sus nietos era solo una expresión personal de afecto materno, algo aislado. Pero a partir de mis exploraciones empecé a tejer distintas preguntas: ¿quién le enseñó la canción?, ¿qué significaba para ella?, ¿era una composición propia?, ¿la canción será solo del lugar donde ella nació (Copacabana)?, ¿conocerán la misma canción otras personas de su generación?, ¿habrá sido una canción “famosa” de su tiempo?, ¿habrá investigaciones? Esas preguntas daban vueltas por mi cabeza y muchas más. Por ello, empecé a tomarlo más en serio. En entrevistas informales, llevé mi idea a un pequeño grupo y fue grande mi sorpresa al ver que la misma canción de mi abuela era cantada en el norte de Potosí, en Sucre, en diferentes comunidades. En mis exploraciones aún no encuentro libros escritos o investigaciones directas sobre la canción, pero fui rescatando el material que encontraba. La primera referencia que me dieron muchas personas fue la interpretación de la cantante Luzmila Carpio y su Pedagogía Yachay-ruay (saber-hacer):
Ya te hice bailar mi niño / Ahora tienes que aprender a pararte / Tienes que tratar de caminar / Párate, que voy a darte papita / Y carnecita / Phiri y pancito / Como las mariposas volarás, hijito mío / Irás a la escuela / Aprenderás a leer y escribir / Llegarás a adquirir el conocimiento / Hijo mío.
El tema de Luzmila me llevó a comprender que el canto de mi abuela no era solo propio de la región de Copacabana, sino que trascendía más allá de lo que pensé. Encontré más adelante otras afirmaciones de que la canción se la interpretaba en Chuquisaca, Cochabamba, Oruro y hasta en Cuzco, Perú. Este último dato geográfico dio un giro a mis cavilaciones, porque pensé que piskina, piskina era una canción aymara, pero en realidad es de origen quechua. De hecho, recibió un reconocimiento en 2020 del Ministerio de Cultura del Perú. En un video de ese reconocimiento se anuncian unas líneas interesantes:
Musical andino infantil que evoca el canto de las abuelas y madres, cual dulce susurro de Pachamama, hacen bailar el piskina piskina a los nietos e hijos infantes. Canto recuerdo de una memoria añorable, que nos transporta al tiempo de cuando éramos niños.
Por lo tanto, el canto a las wawas y el arrullo de la canción son propios de la región andina y es una práctica propia de cada contexto o lugar. Es posible que el canto de mi abuela sea uno de los varios arrullos andinos que existieron en su generación y que se van perdiendo u olvidando en el tiempo.
Por estas razones, sostengo que apelar a la memoria qhipnayra es descubrir quiénes somos. Es un acto de resistencia que afronta al olvido y al colonialismo interno existente, reforzado por distintas prácticas de maneras conscientes e inconscientes. El canto de mi abuela me permitió buscar la raíz que no consideraba en mi vida, recordar su sonido me llevó a otros descubrimientos de su propia vida que quiero contar y seguir expresando. Ante un presente en crisis, la memoria es resistencia… ¡Abuela!, donde te encuentres, bailaremos: Piskina piskina.
Referencias
Barthes, R. (2006). La cámara lúcida. Notas sobre la fotografía (J. Sala Sanahuja, Trad.) (10ª ed.). Paidós. (Obra original publicada en 1980)
Fanon, F. (2009). Piel negra, máscaras blancas. Akal. (Obra original publicada en 1952)
Rivera Cusicanqui, S. (2018a). Sociología de la imagen. Miradas ch’ixi desde la historia andina (2ª ed.). Plural Editores; Piedra Rota. (Obra original publicada en 2015)
Rivera Cusicanqui, S. (2018b). Un mundo ch’ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis. Tinta Limón.
Zavaleta, R. (2013). Obra completa. Tomo II: Ensayos 1975-1984 (2013). Plural Editores. (Obra original publicada en 1983)
Publicado el 24 de octubre de 2025
[1] Ensayo final para la materia Lenguaje y Redacción Básica, carrera de Sociología, Universidad Mayor de San Andrés, gestión 2022-2.
[2] Estudiante del séptimo semestre de la carrera de Sociología.
[3] El término en aymara es señalado por Silvia Rivera (2018b) y consiste en el presente dialéctico como subversión del pasado. Es decir, se sostiene en la memoria como acto metafórico en la pertinencia de qué tiene el pasado para el presente.
MEMES Y CONTEXTOS POLÍTICOS: MÁS QUE UN CHISTE [1]
Oscar Ramiro Choque Chipana[2]
Los memes en los espacios virtuales son un tema que, a primera vista, parecen estar relacionados con simples pasatiempos; pero que a la vez existe un trasfondo de poder que va mucho más allá de imágenes graciosas o simples chistes. Dentro de un contexto electoral, como el que viene atravesando Bolivia, pasa a convertirse en una herramienta capaz de generar y moldear opinión pública en contra o a favor de distintos personajes políticos. Esta herramienta permite transitar de una forma de entretenimiento visual a una que enmarca temas de propaganda política, que se caracteriza por su difusión rápida y su llegada masiva a distintos públicos.
Los memes, a través de un formato simple, compuesto por una imagen y poco texto, logran reflejar el sentir de la sociedad y expresarlo a modo de crítica social. Con la implementación de esta herramienta la política deja de ser un tema complejo y se convierte en uno que fusiona información y entretenimiento. Sin embargo, estas formas de presentar contextos políticos tienen el riesgo de caer en un análisis y participación que se limitan a ser superficiales. Entonces, ¿hasta qué punto los memes pueden ser una herramienta influyente dentro de estos contextos? ¿Son los memes una herramienta de manipulación? ¿Los memes fomentan a la participación o se reducen a un pasatiempo? A partir de lo mencionado se intentará responder o, al menos, generar provocaciones en el lector.
Hablar del poder de los memes en contextos políticos significa hablar de líderes políticos. Choquehuanca (2023) nos propone la idea de un liderazgo político que tiene las características de construirse y legitimarse a través del “habitus” (Bourdieu, 1979/1988) del propio líder. Es decir, se constituye y consolida a partir de la construcción social y las relaciones que se establecen con su contexto. Bajo esta lógica, las disposiciones e inclinaciones del individuo son adquiridas a través de las relaciones y experiencias con su entorno social. Este proceso crea conexiones sociales entre el líder y los seguidores, que permiten tener una percepción de autenticidad, donde los individuos se identifican con la realidad y los problemas que atraviesa el líder. En ese sentido, los memes podrían llegar a ser el reflejo digital del habitus. La autenticidad podría verse representada en gestos y en frases viralizadas que ayudan a consolidar la imagen de un líder político; en términos positivos del uso de esta herramienta. Por otro lado, podría caer como una herramienta de burla donde los gestos y frases llegan a ser un elemento de deslegitimación, mostrando una desconexión con la sociedad y lo que se espera de un líder.
Los memes analizan de manera colectiva las características de un líder, nos muestran virtudes y carencias que nos sirven para establecer opiniones con respecto a las capacidades con las que cuentan los líderes políticos. No solo tienen la función de crear opinión pública, sino que también responden a ámbitos de legitimación y deslegitimación. Weber (1922/2014) nos menciona que la legitimidad está basada en una orden de una acción social que parte desde la costumbre o los intereses. Martínez (2010) complementa esta idea mencionando que lo legitimo es “la creencia en la legitimidad”, en el sentido que un orden legítimo tiene mayor fuerza convocante y efectividad empírica. Esta idea de legitimidad juega un papel importante al momento de realizar un análisis de percepción, ya que los memes construyen, refuerzan o destruyen la imagen que se tiene acerca de distintos líderes políticos. Los memes crean narrativas de opinión publica que también pueden ser utilizadas como mecanismos de manipulación, generando contextos de critica popular, pero también desinformación en ambientes políticos polarizados.
Las redes sociales de Internet permiten romper las barreras de formalidad de los medios de comunicación tradicionales y, por lo tanto, son el lugar donde se generan nuevos contenidos ligados a contextos actuales. El espacio virtual se convierte en un campo de disputa de lo simbólico y lo discursivo, donde se encuentran factores económicos, políticos y sociales (Zegada y Guardia, 2023). Bajo esta proposición, los memes forman parte de un nivel de participación ciudadana, ya que los espacios virtuales permiten generar interacción y marcan tendencias a partir de la opinión pública que se va construyendo en torno a actores políticos. Zegada y Guardia (2023) afirman que estas construcciones de opinión sustentan su credibilidad en las capacidades criticas del ciudadano, quien debe tener filtros para distinguir la información verdadera de la falsa. Podría decirse que los memes funcionan como una forma de protesta y que a la vez generan un sentido de pertenencia al compartir e identificarse con la idea creada. Pero también muestran un riesgo de reducir la política a un pasatiempo superficial. Al ser utilizada como una herramienta de desinformación, se cae en el error de fragmentar los procesos políticos y, por lo tanto, los entendimientos de dichos procesos llegan a ser superficiales. Esto puede generar una sensación de participación activa para el ciudadano; sin embargo, se podría estar cayendo bajo constructos de manipulación.
Ante lo expuesto, los procesos políticos mediante los memes implican entrar en un campo de lucha donde se disputa la credibilidad de los discursos y aspectos simbólicos propios de los referentes políticos. Por ello, se podría decir que los memes llegan a ser una herramienta ambivalente que permite expresar criterios de manera colectiva. Condensan ideas complejas a formatos simples que resultan ser influyentes en la opinión pública. Su inmediatez y su presentación a través del humor, la burla o indignación permiten llegar a públicos masivos y por medio del criterio personal va legitimando o deslegitimando a los distintos líderes políticos. En ese sentido, la participación de la ciudadanía viene a ser un factor que se da a través de la información y el entretenimiento. Las interacciones que se dan en torno al fenómeno de los memes y contextos políticos en las redes sociales de Internet generan la impresión de una participación activa. Sin embargo, al hacer uso de esta herramienta en contextos políticos, se tiene el riesgo de caer en construcciones meramente superficiales, dejando de lado los procesos políticos tradicionales. Las tendencias pueden ser engañosas y a través de la información falsa podrían llegar a ser un instrumento de manipulación, al representar solo una parte de los procesos políticos y no su totalidad, provocando repercusiones en la construcción de la opinión pública.
Referencias
Bourdieu, P. (1988). La distinción: crítica y bases sociales del gusto. Ed. Taurus. (Publicado originalmente en 1979)
Choquehuanca, R. (2023). “Después de Evo… ¿qué?” Legitimación, práctica política y recomposición colonial en el liderazgo de Evo Morales. Temas Sociales, (53), 247-283. https://doi.org/10.53287/gurv2688jm12y
Martínez, H. (2010). Legitimidad, dominación y derecho en la teoría sociológica del Estado de Max Weber. Estudios Socio-Jurídicos, 12(1), 405-427. http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0124-05792010000100018
Weber, M. (2014). Conceptos sociológicos fundamentales (J. Abellán, Trad., 2a Ed.). Alianza Editorial. (Publicado originalmente en 1922)
Zegada, M. y Guardia, M. (2023). El meme como una forma de construcción de opinión política en Bolivia. Saberes y diálogos, 3, 45-61.
[1] Este escrito aborda las primeras inquietudes que surgen en la materia de Sociología Política sobre el poder y la legitimidad en un contexto de campañas políticas y su relación con las redes sociales de Internet. Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, 2025
[2] Estudiante de sexto semestre de la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés.
SAQUEO SILENCIOSO, PUEBLO ADORMECIDO
Gladys Andrea Flores Avalos[1]
Sergio Almaraz Paz es uno de los intelectuales bolivianos más importantes del siglo XX. Denunció tempranamente el problema estructural que atraviesa la economía nacional: la dependencia de la explotación de los recursos naturales. En obras como Petróleo en Bolivia o Réquiem para una República, advirtió que “la riqueza nacional ha sido una fuente de poder para otros y una fuente de miseria para nosotros” (Almaraz, 2017, p. 138). Su crítica no solo apuntaba al capital extranjero, sino también al papel del Estado como facilitador de un modelo extractivista que, lejos de superarse, ha adoptado nuevas formas en el presente. El desafío es reconocer hasta qué punto Bolivia sigue atrapada en las mismas lógicas de dependencia que Almaraz denunció, y si es posible imaginar un futuro distinto sin transformar esa estructura de raíz en un país que continúa debatiéndose entre la soberanía de sus recursos y la persistente dependencia del modelo extractivo.
Durante los gobiernos del Movimiento al Socialismo (MAS), el Estado boliviano adoptó un rol central en la economía extractiva, justificando esta intervención con fines redistributivos. Es decir, se dieron cuenta del problema y planificaron soluciones alternativas como la “redistribución de la riqueza”. Sin embargo, el modelo no fue superado, sino reconfigurado. Como señala Fernanda Wanderley (2013), “el proceso de cambio no cuestionó el patrón extractivista de acumulación, sino que lo consolidó bajo el control estatal” (p. 47). Un claro ejemplo: el litio del Salar de Uyuni.
El potencial del litio boliviano refuerza esta discusión sobre extractivismo y la dependencia. El Servicio Geológico de Estados Unidos informó en 2020 que Bolivia pasó a ser el país con mayores reservas de litio en el mundo, con 21 millones de toneladas métricas certificadas en el Salar de Uyuni, desplazando a Argentina de esa posición (BBC News Mundo, 2020). Según el investigador del Centro de Documentación e Información Bolivia (CEDIB), Gonzalo Mondaca, los contratos firmados con empresas chinas y rusas “demandarán hasta cinco veces más el volumen de agua dulce que emplea la estatal Yacimientos de Litio Boliviano (YLB) y 15 veces más de la lluvia que cae en la zona del Salar de Uyuni y sus alrededores” (Mercado, 2025). Se nos plantean más problemas actuales y a futuro, en los que están en juego bofedales, vertientes y ecosistemas del altiplano sur. Nos genera un dilema social donde se avivan las tensiones con las comunidades que dependen de esas fuentes de agua para vivir. La explotación del litio se convirtió así en el próximo recurso natural a ser explotado. Pero la abundancia de recursos naturales no es sinónimo de bienestar para la población, sino que aumenta la dependencia y viejas históricas disputas en torno al control, la explotación y la distribución de la riqueza.
Sergio Almaraz (2017) ya había anticipado que la dependencia de recursos naturales sin un cambio estructural llevaría a repetir ciclos de subordinación. Wanderley (2013) también recalca la necesidad actual de superación del patrón extractivo en Bolivia, que el modelo económico estatista, ni el liberal tampoco han podido resolver (p. 83). El boom del litio en Bolivia puede considerarse un nuevo capítulo en esa historia. Aunque se proclama crear y fomentar la industria, las alianzas con mano de obra extranjera y el impacto ambiental del proceso extractivo han generado críticas similares a las que Almaraz hacía décadas atrás. Que seamos un país en “vías de desarrollo” tiene una huella profunda basada en la explotación de recursos de manera intensa e indiscriminada; eso está vigente y, con ello, el dilema entre la soberanía de nuestros recursos y su dependencia.
Al mismo tiempo –y haciendo hincapié en lo meramente económico–, está el ejemplo de la “enfermedad holandesa” que precisó Wanderley (2013). Es decir, desde mediados de la década del 2000, Bolivia tuvo un auge en las exportaciones de gas y minerales. Esto hizo que se redujera la competitividad de otros sectores, como los industriales y productivos no vinculados a los recursos naturales, mientras que el crecimiento económico se concentró principalmente en actividades relacionadas con la minería y los hidrocarburos (p. 185). Al concentrar y priorizar un sector económico, en este caso el sector minero, se desplaza al otro sector económico industrial y de producción, haciendo que se desarrolle menos.
El impacto ambiental del extractivismo es igualmente una de las consecuencias más visibles y preocupantes hoy en día. Ya lo decía Murray Bookchin (2015), “estamos simplificando el planeta … se está simplificando el espíritu mismo de la humanidad” (p. 25), ya que el extractivismo no solo agota recursos naturales, sino que también empobrece las formas de vida. Muchos ecosistemas, humanos y animales perecen al reducir la naturaleza a una mercancía de transacción, a un mero cambio de moneda. En Bolivia, la explotación intensiva de recursos como el litio o los hidrocarburos refleja esa lógica: se prioriza la acumulación y el crecimiento económico inmediato mientras se ignoran los daños ambientales y sociales que hay detrás.
Son claras señales de que nos afecta a todos. “Nadie podrá decir hasta dónde llega el empobrecimiento biológico de los bolivianos, la mortalidad infantil y la propagación de la tuberculosis. Estamos ciertos de una cosa: los bolivianos no acabamos de morir” (Almaraz, 2017, p. 576). La lógica de acumulación extractiva ha intensificado la contaminación de aguas, la degradación de ecosistemas y el conflicto con comunidades locales.
Sergio Almaraz denunció hace décadas atrás un problema público que sigue siendo una realidad en Bolivia. La riqueza natural nuestra sigue siendo vista como la gran promesa de desarrollo y bienestar, pero en la práctica ha traído más dependencia que liberación. El caso del litio refleja cómo volvemos a repetir las mismas historias de explotación y conflictos, pero con diferentes actores y con un costo ambiental enorme. Debemos reconocer que no basta con tener recursos, sino preguntarnos cómo usarlos. Mientras no cambie la lógica extractivista, seguiremos atrapados en el mismo ciclo que Almaraz nos advirtió con claridad.
Referencias
Almaraz, S. (2017). Obra reunida. Biblioteca del Bicentenario de Bolivia.
BBC News Mundo. (2020, 27 de febrero). Bolivia tiene las mayores reservas de litio del mundo, según informe del gobierno de Estados Unidos. BBC News Mundo. https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-51666362
Bookchin, M. (2015). Ecología social: Apuntes desde un anarquismo verde. Novena Ola.
Mercado, J. (2025, abril 2). Extracción de litio: YLB, rusa y china consumirán 15 veces más agua de la que llueve en el Salar de Uyuni. Agencia de Noticias Ambientales. https://anabolivia.org/extraccion-de-litio-ylb-rusa-y-china-consumiran-15-veces-mas-agua-de-la-que-llueve-en-el-salar-de-uyuni/
Wanderley, F. (2013). ¿Qué pasó con el proceso de cambio en Bolivia? Plural Editores.
Publicado el 10 de octubre de 2025
[1] Estudiante de la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, Bolivia. E-mail: andrea19floresavalos@gmail.com
LA MALA PRONUNCIACIÓN[1]
Ariana Areliz Espejo Rodriguez[2]
Me llamo Ariana y nací en Cochabamba, el año 2006. Desde el momento en que nací nos mudamos a la ciudad de La Paz junto a mi familia. A pesar de que del lado de mi familia materna resalta su blancura de piel y sus genes más fuertes, yo nací un poco más morena. Nunca tuve problemas con mi color de piel en el ámbito educativo; al contrario, en el colegio, todos nos acogíamos y hablábamos sin ninguna barrera. En el año 2023, mi papá falleció por el covid-19. Fueron momentos muy difíciles, sobre todo porque ese año iba a salir del colegio. Me sentía devastada, y hasta cierto punto ingresé en una etapa inicial de depresión.
Mi mamá buscó alternativas para que yo esté más ocupada y dejé de atormentarme por lo acontecido. Por ello, gestionó que ingrese a una institución de prestigio que enseñaba un idioma extranjero. A decir verdad, no estaba muy emocionada; pero estaba consciente de que debía enfocarme en otras actividades que me permitieran superar el pasado.
Inicié el primer curso, donde conocí a Arden[3] un profesor muy empeñado en su trabajo. Él era carismático y muy amable con todos los que fuimos sus alumnos. Recuerdo sus clases como divertidas y llenas de risas, incluso los más tímidos salíamos de nuestra zona de confort para poder participar. Conocí a mis compañeros que eran universitarios y sobre todo muy amables. Ese ambiente era reconfortante y pacífico. Estaba segura de que no habría problemas más adelante. Hasta que en una de esas clases se presentó el mismísimo director. Debo admitir que su clase fue divertida, aunque él me haya excluido en la mayoría de las interacciones por el hecho, supongo, de mencionar que vivo en la Zona Gran Poder al lado del mercado popular. No le tomé mucha importancia, hasta que pasó lo peor.
Me enfermé justo en los días en los cuales tenía que iniciar el curso. Por ese motivo, no pude realizar mi inscripción. Al principio no le di importancia y solamente esperaba sanarme y continuar con mis estudios. Como no me había inscrito, cerraron el paralelo al cual debía inscribirme, por falta de estudiantes; aunque tenía la esperanza de que lo vuelvan a habilitar. Después de un bimestre, deseché tales esperanzas y me inscribí a otro paralelo, el de la noche.
En ese momento viví una de mis peores experiencias en la institución, peor que la anterior. Me tocó cursar con una profesora mayor en edad, quien a primera vista parecía amable y cariñosa. Su nombre era Aurora. La primera clase yo estaba nerviosa y, al entrar, vi a mis nuevos compañeros y a la profesora. Al principio, creí que todo estaría bien porque hice amistad con otras compañeras que al igual que yo estaban retomando sus estudios.
Mas en las próximas clases la profesora comenzó a tornarse dura y muy estricta con algunos que recién nos habíamos incorporado; creí que era por nuestra pronunciación o por el uso erróneo de la gramática. Pero al observar con más detalle noté que, al relacionarse con el grupo de los “nuevos”, solo era dura en palabras con una compañera y conmigo. Con ella –mi compañera– solo tenía un aspecto en común: el tono de piel, inclusive la piel de ella era un poco más morena. Así mismo noté que tampoco nos dejaba participar en las clases o leer algún párrafo; estábamos como limitadas en la clase misma. Poco tiempo pasó para que una gota rebase el vaso: en una de sus clases nos llamó la atención con palabras hirientes diciendo que no servíamos para aprender un idioma europeo, que nuestra pronunciación era fatal al igual que nuestra comprensión escrita. Me sentí desanimada, las miradas de mis compañeros se posaron sobre nosotras: algunas eran de empatía, otras eran de burla e incluso casi rompí en llanto; pero retuve mis lágrimas hasta el punto que al culminar la clase no pude aguantar más y, al salir, terminé llorando camino a casa. A causa de ese momento tan incómodo no asistí a la próxima clase ni a la siguiente.
Mi mamá, que se dio cuenta de que dejé de asistir a clases, me preguntó el motivo de mi inasistencia. Yo le respondía que tenía mucha tarea que me habían dado en el colegio: “No podré ir a clases”, era mi respuesta. Me abstuve de no ir por una semana hasta que ante una de las preguntas de mi madre rompí en llanto y le conté lo que había sucedido. Entonces, ella decidió ir a hablar con los encargados de la institución, a pesar de que le rogué que no lo haga.
Creo que hubo más quejas en contra de la profesora Aurora, porque el siguiente curso lo dictó Erios, un profesor que era amable y muy comprensivo. Y después nuevamente me tocó otra maestra, llamada Belora, con la misma mentalidad que la última; pero sus acciones no eran tan amenazantes, era un poco más comprensiva, aunque se notaba demasiado el favoritismo por las personas de tez blanca.
Para finalizar el relato, quisiera añadir las similitudes entre ambos grupos de profesores con los que me tocó cursar distintos módulos. En el primer grupo estaban las maestras Aurora y Belora[4]; ambas viven en zonas residenciales de la zona Sur de la ciudad de La Paz. Mientras que los maestros Arden y Erios, a pesar de vivir en una zona cerca del centro de la ciudad eran más amables y comprensivos con una visión más extensa.
Quiero enlazar esta experiencia con Reinaga[5] y con su concepto de las dos Bolivias. La experiencia que viví en esa institución y las diferentes actitudes de los profesores con quienes cursé materias reflejan las tensiones y desigualdades que Reinaga describe. Para este autor, Bolivia está dividida en dos grandes mundos: uno, que es el de la élite, la clase social privilegiada, y otro, que representa a las clases populares y marginadas. Estas divisiones no solo son económicas, sino también culturales y sociales.
Por lo comentado anteriormente, las maestras Aurora y Belora parecen encarnar esta Bolivia privilegiada. Ambas viven en zonas residenciales exclusivas y usualmente muestran actitudes de superioridad y favoritismo que están basadas en su estatus social y, en algunos casos, en características físicas como el tono de piel.
Aunque la discriminación fue leve o sutil, fue evidente. Mas las palabras hirientes reflejan cómo esta Bolivia mantiene sus privilegios por medio de la marginación y el menosprecio a personas que no cumplan con algunas características consideradas “dignas”. Se trata de un trato diferenciado hacia quienes no cumplen con ciertos estándares o características socialmente identificadas como la pertenencia a un grupo social.
Por otro lado, las figuras de los profesores Arden y Erios representan una Bolivia diferente, aquella que Reinaga también idealiza, la de la comunidad, la solidaridad y la igualdad. Ellos, a pesar de vivir en la misma zona, muestran una actitud más amable, comprensiva y sin prejuicios. La diferencia radica en su enfoque, en cómo ven a las personas no por su apariencia o condición social, sino por su potencial.
Mi experiencia puede entenderse como un ejemplo de esa realidad dividida. La discriminación que viví por tener un tono de piel diferente y las actitudes excluyentes de algunas maestras reflejan cómo las desigualdades sociales y raciales se manifiestan en distintas instituciones. Sin embargo, también pude encontrarme con figuras que me trataron con respeto y empatía, ejemplificando esa otra Bolivia que Reinaga señala.
En conclusión, mi testimonio personal es un reflejo de las tensiones sociales que Reinaga denuncia. Estas estructuras de exclusión son cuestionables y evaden la posibilidad de una educación democrática, particularmente en una institución educativa proveniente de un país “desarrollado” que promueve la inclusión que se orienta hacia la igualdad y la valoración de la diversidad, sin que importe el color de piel, el origen o la clase social. Me gusta la institución, la aprecio y la respeto. Mas creo importante que tomen en cuenta lo que relato aquí, sobre todo por los valores que me ha brindado junto a los que yo he recibido y que procuro seguir manteniendo y fortaleciendo en adelante.
Publicado el 3 de octubre de 2025
[1]Ensayo final de la materia Pensamiento Presociológico, Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, 2025.
[2]Estudiante de segundo semestre de la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés.
[3] Se utilizan seudónimos para proteger la identidad de los profesores aludidos.
[4] Utilizo otros nombres para proteger la identidad de los profesores.
[5] La revolución india. Partido Indio Boliviano, 1967.
EL SONIDO DE LAS PIEDRAS[1]
Anghi Madriaga Flores[2]
Era el 23 de noviembre del 2025, en mi querida urbanización El Prado, situada en la zona Bajo Llojeta. Era una noche tranquila, tras haber retornado a mi casa. Ya rodeada de la familia, se escuchaba acercarse una lluvia suave. Esa noche todos nos pusimos a armar el arbolito de Navidad mientras la lluvia caía. Mi pequeña hija era la más entusiasmada, por lo que le puse villancicos para animar mucho más el ambiente. Mi hermano, dos años menor que yo, se puso muy inquieto y decidió salir al patio, comentando que escuchaba ruidos extraños, semejantes a piedras que caían. Después de unos minutos, volvió a entrar a la sala muy agitado y asustado, alertándonos de que las casas de más abajo se habían inundado con el agua del río. Mi padre, mis dos hermanos y yo salimos a ver qué había pasado y encontramos todas las casas inundadas de agua y barro que cubrían hasta el techo de las viviendas. Ese pequeño río embovedado que nos acompañaba día a día junto a nuestros hogares se transformó en un río muy caudaloso que sobrepasó sus límites, que arrastraba con este mucho lodo y que fluía con tanta fuerza como si llevara consigo piedras de gran tamaño. Recuerdo bien esa noche tan oscura que solo nos iluminaba con la luz natural de la luna.
A lo lejos se escuchaban gritos de auxilio de adultos y de niños. Los niños exclamaban con gritos, llanto y desesperación: “¡Necesitamos ayuda!, saquen a mis hermanitos, por favor”3. Sin embargo, la mazamorra no nos dejaba dar ni un paso: el lodo no dejaba que podamos cruzar al otro extremo para poder ayudarlos, ya que las piernas no resistían la fuerza de su paso. Además, el agua estaba con descarga eléctrica. Desde donde estábamos, solo nos quedaba gritar para darles instrucciones, aconsejándoles que suban al techo porque se acercaban más olas de mazamorra, y vimos que estaba a punto de inundarlas y también hacer caer las paredes del segundo piso.
Toda esta situación nos dejaba paralizados, con una sensación de impotencia; esa sensación que te hace sentir la persona más inútil del mundo invadió mi cuerpo, el de mi padre y el de mis hermanos; eso lo notaba por las miradas llenas de dolor, desesperación y empatía que tenía cada uno de ellos. En ese momento, lo único que podíamos hacer era llamar a los bomberos, a la policía y a vecinos cercanos para que pudieran ayudarlos con cuerdas, escaleras o con lo que sea.
Mi urbanización nunca había estado unida por los problemas políticos del directorio, el tema sobre el derecho propietario y las diferentes peleas entre los propietarios de lotes y supuestos loteadores. Sin embargo, al llamado de emergencia, al ver que los bomberos no llegaban y al presenciar tan terrible tragedia, todos los vecinos se unieron y fueron a ayudar a aquellos a quienes una vez despreciaron y diferenciaron.
Mi padre, mis hermanos y yo, con bastante esfuerzo, logramos entrar a la casa de uno de nuestros vecinos más cercanos; ellos eran los que jugaban con la distribución del agua de todo el sector, apagaban la válvula y dejaban al sector sin agua todo un día. Pero las diferencias que se tenían en ese momento desaparecieron y all ver que necesitaban ayuda hicimos todo lo posible para sacarlos del lodo. Estaban atrapados en el barro; entre ellos, había una mujer, una niña, una anciana y un gato. Logramos rescatar a la niña, al gato y a su madre; sin embargo, la adulta mayor estaba muy cansada, no tenía fuerzas y tampoco podía mover los pies. En ese momento, más vecinos lograron entrar al área de riesgo y, con su ayuda, pudimos salvarla.
Las diferencias, miramientos y discrepancias que habían dentro de mi zona eran grandes, como el desprecio y resentimiento entre vecinos, ¿te imaginas que un día tan trágico como este venga a rescatarte esa persona con la que una vez peleaste y le deseaste lo peor? Esto nos demuestra que en el momento en el que llega la tragedia, todos nos unimos en defensa del prójimo, de nuestros vecinos, en defensa de nuestra urbanización y hasta el día de hoy continuamos así, hasta que se haga justicia por esa trágica noche.
No recuerdo con exactitud el tiempo, era una noche muy larga; pero me parecía que los bomberos llegaron horas después de todo lo ocurrido. Gracias a ellos se salvaron más personas. Pero fue demasiado tarde para una pequeña niña, que tristemente falleció sepultada por la mazamorra en la misma casa donde los niños gritaban pidiendo ayuda. En ese momento había tanto sentimiento de tristeza que toda la urbanización se vio envuelta en luto. Meses después mi padre me dijo: “Tal vez si hubiera hecho una pequeña balsa con madera y hubiera tenido una cuerda atada a mi cintura, yo hubiera podido salvar a esa pequeña niña” (conversación con mi padre, en mi casa, 5 de junio de 2025). Esas palabras salieron con los ojos llenos de tristeza; esta reflexión demuestra que hubo mucha angustia y sufrimiento por parte de él y de los que no pudieron hacer nada en ese momento. Muchas fueron las razones; sin embargo, el dolor y el complejo de culpa se quedaron allí.
Quise conocer la opinión de otros vecinos, quienes también fueron a ayudar aquella noche. En general, todos se sienten muy afligidos. Un vecino relató: “yo me encargaba de guiar a los bomberos, yo les dije que deberían entrar por el cerro, que había personas atrapadas; sin embargo, los bomberos tenían miedo de que el cerro no fuera estable, era demasiado empinado, por lo que vino otro vecino y dijo: ‘Préstenme su cuerda, yo bajaré y los guiaré, yo conozco más estos lugares’” (entrevista, 1 de junio del 2025). Por su parte, la presidenta de la urbanización El Prado relata lo siguiente: “cuando me llamaron y me dijeron que los de la ladera se habían inundado no lo creí, me asusté mucho; pero no entiendo por qué ahora en las noticias dicen que ese sector son loteadores si eso no es verdad; los únicos loteadores son los de la otra urbanización, que también son afectados, pero por culpa de uno pagan todos. Sin embargo, ahora más que nada debíamos de estar unidos por el bien de la urbanización y de los damnificados” (conversación,1 de junio del 2025).
En cuanto a los damnificados, estaban totalmente en shock; un día estaban en su casa con su familia y al siguiente día ya no; su hogar estaba repleto de lodo, hasta el techo. Lo habían perdido todo, no tenían dónde vivir. Una de las víctimas era una abuelita que apenas podía pararse; estaba conmocionada, no asimilaba que la casa de su hija estaba inundada de lodo. Al momento de rescatarla ella se encontraba cubierta de lodo de pies a cabeza, toda la ropa le pesaba, estaba completamente helada, solo lloraba, y decía que apenas pudo salvarse, la fuerza del lodo empujó todos los muebles sobre ella. Al día de hoy, la señora viene a visitar su casa junto a su nieta y su hija, muy agradecida con los vecinos que la rescataron esa noche. Todos los miembros de esa familia se dieron cuenta de que, si bien perdieron su hogar, aún continúan juntos como familia.
Cuando llegaron los funcionarios de la Alcaldía, los bomberos, los policías y los militares, se percataron de que había muchas familias que se habían quedado sin hogar. Por ello, nos apoyaron y, junto a los miembros del directorio de la urbanización El Prado, nos movilizamos para buscar distintos lugares donde alojar a los damnificados, para que puedan descansar, alimentarse y, sobre todo, para que puedan pasar la noche y tener dónde cobijarse. Al día siguiente, todos los damnificados estaban muy tristes y con lágrimas. Con mi familia, decidimos comprar leche y avena para poder darles un desayuno, en especial a aquellos niños que se habían despertado como si estuvieran en un sueño con pesadillas y solo pedían regresar a casa. Estas familias, que esa noche se sentían con gran angustia, tristeza y soledad, al día siguiente pudieron presenciar el gran corazón que tiene la sociedad, la urbanizacion y el país entero, ya que muchos ciudadanos y ciudadanas se solidarizaron con ellos y ellas. De esta manera, se pudo ver a una cuidad unida, solidaria ante una tragedia que si bien nos arrebató una vida, un hogar y un sueño, nos dejó bondad, unión familiar y vecinal.
Publicado el 26 de septiembre de 2025
[1] Ensayo final de la materia Lenguaje y Redacción Básica, Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, 2025.
[2] Estudiante de la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés.
3 Niños, vecinos de la urbanización, que vivían como inquilinos en una de las casas que sufrió más daño producto de la mazamorra.
Tesis 2023
Título: El deporte comunal: organización social y participación en el campeonato de fútbol de la tercera sección Carabuco de la provincia Eliodoro Camacho del departamento de La Paz
Autor: Renato Monasterios Chachaque
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/34732
Título: “A los jóvenes de hoy no les interesa la política”: Un estudio de caso sobre activismo político y clase social en los estudiantes de la Universidad Católica Boliviana de La Paz (2019-2022)
Autor: Francisco Tupaj García de Alarcón
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/34744
Título: Espacios de albergue y normas institucionales: caso Centro de Acogida Circunstancial en la ciudad de Tarija
Autor: Sergio Aparicio Verdún
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/36142
Título: Construcción de hegemonía del MAS-IPSP en El Alto
Autor: Simeón Apaza Apaza
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/36138
Título: Trayectoria de los practicantes new age en la ciudad de La Paz (2019-2022)
Autor: Stéfano Barriga Leytón
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/36144
Título: “Así nomás nos hemos cerrado”. Autogestión vecinal frente a la inseguridad en las zonas de Villa Adela y Cosmos 79 u.v. “e” del Distrito 3 de la ciudad de El Alto
Autor: Renato Mamani Nina
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/36143
Título: Movilización social en tiempos de conflictividad sociopolítica en el Plan 3000
Autor: Juan Pablo Flores Flores
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/36139
Título: La iwxa como fundamento de la ética aymara. El caso del ayllu Aypa Yauruta de la tayka marka Axawiri (Caquiaviri)
Autor: Godolfredo Calle Vallejos
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/36140
Título: Implementación de la política subvencionaria al gas natural domiciliario: casos de Achumani y Ciudad Satélite, años 2006 al 2020
Autor: Pablo Andrés Villalba Montaño
Repositorio: http://repositorio.umsa.bo/xmlui/handle/123456789/36141
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