MEMORIAS DE DOS PELUQUEROS

MEMORIAS DE DOS PELUQUEROS[1]

Ricardo Alejandro Trujillo Castañeta[2]

 

La pandemia ha traído grandes cambios a nuestras vidas, algunos buenos, otros malos y algunos terribles. Pero lo que he sufrido no se lo puedo desear ni a mi peor enemigo. Para darse una idea de la magnitud de lo que pasó, debo mencionar que durante toda mi vida, hasta el 2020, solo había confiado en un peluquero, don Elías, una gran persona. Él era un hombre serio, algo renegón, benemérito de la guerrilla de Ñancahuazú, algo que lo llevaba a quejarse de, que desde que entró Evo Morales, ya no los respetaban y ni siquiera los invitaban a los desfiles. Pero lo que más caracterizaba a don Elías es que era bolivarista, y se notaba; las paredes eran celestes, todas sus capas de corte eran celestes y los posters en la pared eran, cómo no, del Bolívar.

Don Elías siempre atendió en una peluquería que estaba ubicada cerca de mi casa, en el Plan 266 de Ciudad Satélite; desde que yo era niño, pasaba por allí y lo saludaba. Iba a hacerme cortar el cabello con cierta frecuencia desde que tengo memoria, hasta, en una ocasión, recuerdo haberme quedado dormido en la silla mientras él me recortaba el cabello. Don Elías siempre hacía charla, sobre todo de fútbol, a menudo interrumpida por otros caballeros que pasaban cerca y lo saludaban; algunos eran estronguistas; otros, bolivaristas; otros solo entraban a hablar y a leer el periódico con la radio Panamericana de fondo. Yo siempre esperaba a que el local esté vacío para no esperar tanto, ya que don Elías era muy perfeccionista y tardaba mucho con cada cliente; tampoco podía salir a jugar al parque cercano, ya que el orden de llegada era muy respetado. El llegar con el cabello sucio era para llevarte un buen regaño y haber esperado en vano.

Las charlas que se escuchaban en esa peluquería pasaban tan rápido de tema en tema que cuando era chico leer los comics de Condorito eran la única opción; pero esto solo cuando era chico. A veces, me acababa todo un volumen del comic. Ya pasando los años, y yo haciéndome más viejo, fui prestando más atención a las conversaciones de los mismos señores quienes también se hacían mayores; escuchaba charlas filosóficas sobre la vida y la muerte, y también religiosas, en las que entraban a debates sobre versículos de la Biblia. Algunas veces, cuando las cosas se ponían serias, don Elías empezaba a contar sus historias de la guerrilla y cómo las había vivido. Llegó a decir alguna vez que si lo llevarán él podría decir dónde yacían algunos cuerpos. También expresaba el miedo que sentía cuando tenía que salir al campo de batalla, nos contó que alguna vez se ocultó para no salir a combate. Pero todo, de una u otra manera, terminaba en fútbol: ya que al parecer la profesión de peluquero te permite conocer todo tipo de personas, siempre se hablaba de los hermanos Castillo (Ramiro e Iván[3]), ya que, como contó, iban a hacerse cortar el cabello a la peluquería de don Elías. Tal vez el mayor aprendizaje sobre fútbol lo adquirí en esa peluquería.

Pero hubo un tiempo muy oscuro en mi vida que se conoce como “Servicio Premilitar”, no digo oscuro por su naturaleza o porque haya sufrido algo dentro del regimiento del Batallón de Escuela Policía Militar número 1 Saavedra, sino porque en la época cuando más necesitaba a un peluquero a mi lado, don Elías se había ido: se trasladó a Cochabamba, cerca de la zona del Chapare. Ir hasta allá no era una opción que pudiera tomar cada semana. Así, cada semana debía buscar a alguien que me ayude a no ser arrestado por tener el cabello fuera de reglamento. Algunas semanas asistía al puesto de una estilista que, a modo de ganarse unos pesos, recortaba premilitares. Para ella, el trabajo consistía en pasar la máquina intentando darle una forma que disimulara ser un corte; aunque alguna vez se equivocó, por lo que no le quedaba otra opción que dejarme la cabeza como una rodilla. Otras veces iba donde don Lucas, un peluquero de confianza para muchos. Pero si se quería un corte con él, cada quien tenía que llevarse una revista o algo para distraerse. Los movimientos de don Lucas eran lentos, como cuando se ve algo en cámara lenta, pero tan lenta que da ansiedad. Al final, me di cuenta de que no fui el único que se durmió esperando y también en pleno corte. A veces iba a donde estaba vacío, no importaba; el único consuelo que me repetía para entrar a una peluquería que no conocía era mi mantra: “vuelve a crecer”. No todos fueron malos, algunos sí eran buenos peluqueros; y yo me había inculcado el pensamiento de que no necesitaba un gran corte, no necesitaba nada especial. Pero lo que más extrañaba, al sentarme en los sillones de distintas peluquerías, eran las conversaciones; que en estas podrían ser las mismas, si es que alguna vez existieron. Prefería solo sentarme y esperar a que me quiten la capa de corte, para luego irme con la gorra puesta.

Ya finalizado el servicio premilitar y yo asistiendo a la universidad me llegó una noticia, tal vez lo mejor que había pasado esos años: don Elías había vuelto, no al mismo lugar, pero cerca; apenas pude fui a su nueva peluquería, estaba dentro de un salón de belleza en un segundo piso. Saludarlo al pasar era imposible y no se podía ir solo a charlar, pero al menos estaba otra vez. Su estancia en ese lugar no duró mucho, consiguió un pequeño salón cerca de allí. Al nuevo local todos sus viejos amigos asistían como en un principio, yo también asistía con regularidad.

Alguna vez le jugaron una que otra broma, sobre todo cuando el Bolívar perdió ocho a cero contra el Santos de Brasil: le colaron carteles en su puerta con la imagen del Chavo del Ocho, pero él se lo tomó con humor. En cambio, el año 2014 fue el mejor año para don Elías y para todos los bolivaristas, tal vez fue el año cuando más pasé por la peluquería para festejar con don Elías cada partido. Los años pasaron y pasaron, don Elías mudó su peluquería a otro lugar, pero retornó después de tres meses; no le gustó el local porque hacía mucho frío. Muchas cosas le pasaron a don Elías, pero en su peluquería siempre encontraba amigos con quienes hablar y distraerse, sobre todo cuando una de sus hijas falleció. Creo que faltó una semana a su peluquería, luego volvió a seguir trabajando, aunque su vista ya se fue desgastando.

Llegado el año 2020, un año trágico por la pandemia y la cuarentena, don Elías desapareció; por su edad, ya se encontraba entre la población en riesgo. Cuando las medidas se flexibilizaron, don Elías volvió a abrir, ya usando lentes por un desgaste de su vista. Yo asistí, ya que mi cabello tocaba mis ojos, pero no iba a sufrir otra vez la búsqueda de un peluquero, peor en cuarentena. Don Elías recibió a todos como siempre, comprando el periódico del día para que sus amigos vayan a leerlo; pero eso sí, las revistas de Condorito seguían siendo las mismas, incluso a algunas le faltaban páginas, pero siempre estaban ahí para releer los chistes que ya había leído por lo menos unas diez veces.

Ya pasado un año de la pandemia, recibí una de las noticias que nunca quise recibir: don Elías se retiraba de la peluquería, se iría a vivir a Cochabamba con una de sus hijas y ya descansaría, sobre todo por sus problemas de vista. Nos dio un mes para que busquemos otra peluquería, él también buscaría un peluquero en el que confiara para recomendarlo. Él no encontró otro peluquero a quien recomendar, tal vez los otros clientes tuvieron mejor suerte, pero yo estaba perdido otra vez. Volví a andar como picaflor de peluquería en peluquería. Los tiempos difíciles de la pandemia tampoco ayudaban; algunos un día estaban en un lugar y a la otra semana ya no. Otra vez a buscar, pero esta vez sin la esperanza de que don Elías retornara. Pensé seriamente en dejar que mi cabello crezca libre y ya solo preocuparme por lavarlo y acompañar a mi madre donde su estilista para mantener un poco la dignidad de un buen corte.

Un día, un tío cuyo peluquero también se había retirado muchos años antes me recomendó a un peluquero; no estaba no tan cerca, pero sí dentro de mi mismo barrio. Asistí. Se parecía un poco a don Elías; tal vez eran contemporáneos, pensaba. Hasta que le pregunté su nombre y, como si viviéramos en una simulación, me respondió “Elías”. Parecía parte de un guion, no solo por el nombre, tenía la misma atención al detalle que aplicaba don Elías en cada corte; si bien las charlas no eran sobre fútbol, también eran amenas, tal vez más políticas o de quejas respecto al barrio. En su peluquería, había un recorte de periódico enmarcado; al acercarme, leí que el titular decía: “Hay todo un mundo bajo el techo del Palacio”. Él me contó que había sido el peluquero del expresidente Hugo Banzer Suárez; pero no se quedó allí, mencionó que había sido el peluquero de cinco presidentes a quienes no recuerdo bien; pero también de varios diplomáticos. Era todo un personaje. Pero, además, conocía a alguien muy importante, a don Elías, el primer don Elías; me contó que en alguna oportunidad debieron trabajar juntos, pero por azares del destino no ocurrió y que alguna vez estuvo por venderle una máquina de cortar cabello, lo que tampoco ocurrió.

Hoy en día solo asisto a la peluquería de don Elías, el nuevo don Elías. Sé que no es lo mismo, las charlas en la misma peluquería ya no existen, solo escucho la radio Fides como música de fondo… Y solo para darse cuenta de que él no es mi viejo don Elías, no sé de qué equipo es el nuevo don Elías; pero tengo muy claro que es adenista. En fin, la única certeza que tengo es que, lastimosamente, sé que algún día volveré a sufrir la tortura de buscar otro peluquero; ese momento aun no llega, pero sé que será otro suplicio para el cual no sé si estoy preparado.

 

Publicado el 19 de septiembre de 2025

 

 

[1] Ensayo final para la materia “Sociología Boliviana I”, Universidad Mayor de San Andrés, gestión 2022-2.

[2] Estudiante de la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, Bolivia. E-mail: ricky.27392@gmail.com

[3] Ramiro e Iván Castillo fueron jugadores profesionales que llegaron a formar parte de la selección boliviana de fútbol y formaron parte de los equipos más importantes del país.